Bibliografia

Teníamos una viejita en la parroquia del pueblo, doña Fermina, que era un encanto de mujer. Un encanto de mujer porque es lindo que a una persona la quieran de todos lados. Y doña Fermina se había granjeado la simpatía y el cariño de toda la gente por sus actitudes frente a la vida. Era la que se encargaba de las empanadas cada vez que había Feria de platos, la que se encargaba de recolectar ropa y lavarla y zurcirla para el hospital o la guardería de niños. Y nunca quiso ocupar ningún cargo. Cada vez que la iban a buscar para tal o cual comisión:
-No –decía ella, yo trabajo nomás.
Y eso hacía que la quisiera todo el mundo.
Doña Fermina era una mujer viuda, y los hijos se le habían casado, se le habían cambiado de pueblo. Ellas se había quedado con la casa llena de plantas y de pájaros que no tenía encerrados, y que venían a visitarle los árboles, a usarle las ramas: cantaban un poco y se volvían a ir. Con eso ella se conformaba.
Tenía también un gato. Jacinto se llamaba el gato. Era un gato de angora que le habían regalado unos parientes de Buenos Aires. Pero un día se murió Jacinto. Y doña Fermina, para no quedarse sola, compró en la pajarería de Giménez un loro, sin averiguar el origen.
Todos saben que el loro, cuando cambia de querencia, es como la vaca. Así como la vaca esconde la leche, el loro esconde la palabra, hasta que se habitúa a su nuevo ambiente.
Este loro no hablaba. Comía nomás.
Un día fue el párroco a la casa para organizar con doña Fermina una kermesse para uno de los barrios retirados del centro, y ahí al loro se le dio por hablar Y más o menos por las cosas que dijo presintieron el origen del loro, es decir, dónde había vivido antes: o casa de hombre soltero o de las otras, porque era muy mal hablado. Al pobre cura párroco se le puso colorada hasta la sotana de oír las barbaridades que dijo el loro, todas de golpe.
Y entonces la encaró a doña Fermina:
-vea, doña Fermina: usted acaba de tirar por tierra todo el alto concepto que teníamos de usted.
Y doña Fermina se encocoró.
-No le voy a permitir, padre. Usted sabe mi conducta, y usted no se puede imaginar nunca, y no le voy a permitir ni que lo piense, que yo pueda enseñarle esas barbaridades a un animalito. Yo hace dos días que perdí el gatito y me fui a comprar este loro para no ponerme a hablar con las plantas y volverme loca. Pero ya mismo lo agarro y lo voy a tirar al baño a esta porquería, porque no tiene que existir un pájaro de éstos así.
El párroco meneó la cabeza.
-Tampoco hay que ser hereje, doña Fermina. Mire me voy a llevar al loro, y entre yo y dos cotorritas muy piadosas que tenemos lo vamos a regenerar.
Terminaron las tratativas para la kermesse, doña Fermina lo pone en la jaula al loro, y se lo lleva el párroco para la parroquia.
Y era cierto lo de las cotorritas. Muy piadosas: cuando llegó el párroco estaban arrodilladas rezando las dos. Pero al verlas el loro…¡las cosas que empezó a decir! ¡Las proposiciones que les hacía…! Le temblaba la mano al cura de las barbaridades que decía este animal. Y ya lo quería tirar con jaula y todo, cuando una de las cotorritas, que había escuchado las cosas que les había dicho el loro, se incorpora, se da vuelta, lo mira, y ve que tenía su pinta el loro, que estaba lindo de pinta.
Entonces la codea a la otra, que aún estaba arrodillada, y le dice:
-dejate de rezar que ya se hizo el milagro.

Luis Landriscina (Argentina, 1935, cuentista y humorista)
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