Bibliografia

- Lo hice, debería haberlo pensado mejor. Persuadí a Reginald que fuera a la fiesta en el jardín de los McKillops contra su voluntad.
-Todos cometemos errores de vez en cuando.
-Saben que estás aquí y les parecerá extraño que no vayas. Y necesito especialmente ver a la señora McKillop en este momento.
-Ya sé, quieres uno de sus gatos persas grises como probable esposa -o marido- para Wumples, ¿verdad? –Reginald tiene un magnífico desdén por los detalles, excepto en la vestimenta. –Y se espera que yo aguante el martirio social para satisfacer las exigencias conyugales.
-Reginal! No se trata de eso, sino que estoy segura de que la señora McKillop se alegraría mucho si te llevo conmigo. Los jóvenes brillantes y atractivos como tú son muy estimados en sus reuniones al aire libre.
-Serían muy estimados en el cielo –señaló Reginald con complacencia.
-Habrá pocos como tú allí, si eso es lo que quieres decir. Pero, hablando seriamente, tu capacidad de tolerancia no será sometida a una gran exigencia. Te prometo que no tendrás que jugar al croquet, ni conversar con la mujer del archidiácono, ni hacer nada que pueda agotarte físicamente. Bastará con que uses tus mejores ropas y que tu expresión sea pasablemente amable, y que comas chocolates con el apetito de un loro blasé. No te exige nada más.
Reginald cerró los ojos.
-Estarán las actualizadísimas jóvenes que me preguntarán si he visto San Toy; otras menos avanzadas que ansiarán oír acerca del Sexagésimo Aniversario, el hecho histórico, no el caballo. Con un poco de estímulo, preguntarán si vi a los Aliados entrar en París. ¿Por qué les gusta tanto a las mujeres hurgar en el pasado? Son tan malas como los sastres, que invariablemente recuerdan lo que se les debe por untraje que uno hace tiempo ha dejado de usar.
-Ordenaré el almuerzo para la una; eso te dejará dos horas y media para vestirte.
Reginald frunció el entrecejo con expresión torturada, y supe que había logado mi objetivo. Estaba deliberando sobre qué corbata haría juego con cierto chaleco.
No obstante, tenía algunos recelos.
En el camino a lo de McKillop, Reginald sentía una gran paz, que no podía ser explicada enteramente por el hecho de que había introducido sus pies en zapatos que eran demasiado pequeños para ellos. Yo sentía cada vez más recelos, y una vez que hube conducido a Reginald al parque de los McKillop, lo ubiqué cerca de una seductora fuente de marrons glacés, lo más lejos posible de la mujer del archidiácono, pero cuando me aparté a una diplomática distancia oí con dolorosa nitidez a la mayor de las chicas de Mawkby preguntándole si había visto San Toy.
Deben de haber transcurrido no más de diez minutos, mientras yo había estado manteniendo una muy placentera charla con mi anfitriona en la que le había prometido prestarle “The Etenrnal City” y pasarle mi receta de mayonesa de conejo, y en el momento en que estaba a punto de ofrecerle un cariñoso hogar para su tercer gatito persa, fue cuando percibí por el rabillo del ojo que Reginald no estaba donde yo lo había dejado y que los marrons glacés no habían sido tocados. En el mismo momento me di cuenta de que el viejo coronel Mendoza se preparaba para contar su clásica historia de cómo había introducido el golf en la India, y que Reginald estaba peligrosamente cerca. Hay ocasiones en que Reginald es como el caviar para el coronel, algo demasiado delicado como para ser apreciado por la gente común.
-Cuando estaba en Poona, en el 76…
-Mi querido coronel –dijo complacido Reginald- ¿admitiría tal cosa? ¡Semejante manera de confesar su edad! Yo no admitiría haber estado en este planeta en el 76. –Reginald, en sus más locuaces raptos de veracidad nunca admite tener más de veintidós años.
El coronel se puso del color de un higo muy maduro. Reginald, ignorando mis esfuerzos por detenerlo, se deslizó hacia otro lugar del parque. Unos minutos más tarde lo encontré enseñando al más pequeño de los chicos de Rampart la teoría aprobada para mezclar ajenjo, perfectamente al alcance del oído de su madre. La señora Rampart ocupaba un lugar destacado en los movimientos locales de Abstinencia.
Tan pronto como pude interrumpir este comprometido tête à tête y luego de ubicar a Reginald en un lugar donde podía observar cómo los jugadores de croquet se ponían de mal humor, me marché en busca de mi anfitriona y renové las negociaciones sobre el gatito donde las habíamos interrumpido. No logré convencerla de inmediato, y fue en ese momento que la señora McKillop vino en mi búsqueda, y su conversación no fue sobre gatos.
- Su primo está discutiendo Zaza con la esposa del archidiácono; al menos él esta discutiendo, mientras ella pide su carruaje.
- Hablaba en el tono seco, staccato, de alguien que está repitiendo un ejercicio de francés, y comprendí que en lo concerniente a Millie McKillop, Wumples estaba condenado al celibato de por vida.
- -Si le molesta –dije rápidamente- creo que querríamos pedir también nuestro carruaje –e inicié una marcha forzada en dirección al campo de croquet.
- Encontré a todos discutiendo nerviosa y febrilmente acerca del tiempo y de la guerra en Sudáfrica, excepto Reginald, que estaba reclinado en una cómoda silla, con la mirada soñadora y lejana que podría ostentar un volcán después de haber arrasado aldeas enteras. La esposa del archidiácono estaba abotonándose los guantes con una deliberación concentrada que producía terror mirarla. Tendré que triplicar mi suscripción a su Fondo de Alegres Tardes de Domingo antes de animarme a poner otra vez mis pies en su casa.
- En ese preciso momento los jugadores de croquet terminaron su partido, que se había desarrollado durante toda la tarde sin miras de acabar. ¿Por qué –me pregunto- habría terminado precisamente cuando tan necesaria era una atracción contraria? Todos parecían dirigirse hacia la zona del alboroto, en la que las sillas de la esposa del archidiácono y la de Reginald constituían el ojo de la tormenta.
- -¿Qué vio el Mar Caspio?-, preguntó Reginald, con detestable brusquedad.
- Hubo signos de una estampida. La esposa del archidácono me miró. Kipling o algún otro escritor ha descripto en alguna parte la mirada de un camello hundido en la arena cuando la caravana sigue su camino y lo abandona a su destino. El reproche en los ojos de la buena señora trajo a mi mente vívidamente ese pasaje.
- Jugué mi última carta.
- Reginald, se está haciendo tarde, y la niebla marina se aproxima. –Sabía que no era seguro que el sofisticado rulo sobre su ceja derecha sobreviviera a la niebla marina.
- Nunca, nunca más, te llevaré a una fiesta de jardín. Jamás. Te portaste abominablemente….
- Una sombra de genuino arrepentimiento por las oportunidades desperdiciadas pasó por el rostro de Reginald.
- Después de todo –dijo-, creo que una corbata color albaricoque habría quedado mejor con el chaleco lila.
(Cherry Plum)

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