Bibliografia

De manera que los viejitos se aparecieron así de repente por la puerta trasera, la que estaba junto al baño, y el Caballero muy dulcemente me dijo: “Dicen que son tus padres, Edit”. Yo me quedé mirándolos: los dos medio zaparrastrosos, el viejo flaco y enteco, la vieja muy pálida, los dos despidiendo ese olor de flor muerta típico de los ancianos, metidos en trajes duros como cartón, sonriendo con dentaduras de porcelana. En ese tiempo, yo tenía unos problemas muy diferentes como para enfrentarme a los viejitos. Yo nada más pensaba: Cuando me crezca el cabello nuevo todo va a estar mejor. Ocurrió que me descalcifiqué durante el embarazo y entonces empezaron a rompérseme los dientes y se me cayó el pelo. Yo antes había tenido una cabellera negra y ondulada casi imposible de cepillar, selvática, como una Medusa, como un Absalón. Era injusto: me cubría la cabeza con un pañuelo de seda amarilla que llamaba mucho la atención. Cuando una está pelada, use lo que use en la cabeza llama la atención. A muchas mujeres después del puerperio, el pelo les crece más suave y más lindo, era mi esperanza. Mi marido se reía de mí y me hacía chistes; estaba muy enojado conmigo y casi no me hablaba; decía que iba a dejarme pero no se marchaba, en cada beso que me daba declaraba que me odiaba y al final lo único que saco en conclusión es que no acordaba con mis métodos de crianza. Pero mi bebé era precioso. Mi bebé es precioso, decía yo, y tendrá una madre calva y desdentada. No me dejaba hacer nada durante todo el día; a la noche lloraba cada tres horas. Una persona no sabe lo que es entregarse a otra, hasta que ha tenido un bebé. Una persona, no: una mujer. No sé si los hombres alguna vez se enteran de qué trata. El viejo me saludó con una especie de reverencia, mientras la esposa se secaba las lágrimas con un pañuelito blanco, de gasa tal vez, que era casi transparente. Todo en ellos era casi transparente; todo, menos sus intenciones. Pensé que vendrían acompañados de personas más jóvenes, mis hermanos. Seguro que si tenía hermanos estarían rotos o trastornados. “Este bebé es mío”, dije yo y se los mostré. Ellos asintieron, felices, está claro que ellos pensaban que era su nieto. “Se llama Joel”, dije. La vieja estiró la mano para acariciarlo pero yo lo alejé: no me gusta que los extraños toquen a mi hijo, no lo permito. Tampoco me gusta que lo miren mucho, pero no puedo evitarlo. Lo protejo con ajo; puse un diente en su pañal; le até una cinta roja en el tobillo también, contra el mal de ojo; no pude ponerle la cinta en la muñeca: mi marido cree que el mal de ojo es una superstición, una cosa que no existe, imaginación, y si hubiera visto la pulsera roja, me habría peleado. Siempre está peleándome, pero me ama. El Caballero nos pidió que nos sentáramos: unas butacas cómodas, como las del teatro. No sé por qué digo del teatro: yo nunca voy al teatro, no me gusta, me aburro. Le exigí al Caballero que eligiera un sitio para la cita que fuera confortable, mucho, porque tengo que darle el pecho a mi bebé y sé que no lo hago bien y si estoy incómoda, me pongo nerviosa y el bebé absorbe todo, porque cuando son pequeñitos son como esponjas y absorben todo lo que le pasa a la madre. Por eso traté de no alterarme cuando supe de esta entrevista. No quiero que mi bebé se dé cuenta el lío de locos en que estoy metida. “Mis padres me abandonaron en la puerta de una iglesia”, expliqué. “No, no, no”, gimieron los viejitos. Parecían dos pajaritos encorvados, remendados, polvorientos. “Eso no parece muy cierto”, acotó el Caballero. “Fue así”, aseveré. Después de todo la única que sabe que no fue cierto soy yo. No me gusta ventilarle mi vida a cualquiera, delante de cualquiera. “Ellos son tus padres, Edit”, insistió el Caballero y el viejo interrumpió: “Ofelita. Ofelia es su nombre”. Pronunció estas palabras cargado de acento francés, porque habían pasado mucho tiempo huídos, viviendo en el extranjero, en un pueblo de Francia, creo. “También eso”, suspiré. “Mire, señor…” “Monsalvo”, dijo él. “…señor Monsalvo, mi nombre es Edit Pedemonte y los padres que abandonan a sus hijos no tienen perdón”. La vieja se dobló en dos con un aullido. El viejo lloriqueó: “Nosotros no te abandonamos, no te abandonamos, Ofelita… Te robaron, te quitaron de nuestras manos.” “Eso se dice muy fácilmente”, contesté. Fue horrible lo que les contesté, me salió así, no pude evitarlo. Mi marido me aconsejó que tomara un tranquilizante antes de ir, porque esta situación era de mucha tensión; pero yo no puedo tomar tranquilizantes, yo tengo que darle el pecho a mi bebé. La vieja se paró y caminó encogida hasta una ventana. A lo mejor se tira, pensé. A lo mejor le dá vértigo la altura y se cae. Pero estábamos en un segundo piso nada más, no era muy alto. “Edit”, empezó el Caballero, y a esa altura de la conversación el que alguien me llamara Edit me alegraba y me producía consuelo, “hemos hablado de esto anteriormente y accediste a la entrevista”. “Sí”. “No venimos a discutir”, dijo usando su tono de diplómatico o de médico de cancerosos, un tono dulce, que tanto me gustaba, “venimos a corroborar datos. El pasado y el presente”. “Mi presente es Joel”, dije. Esto era verdad. El viejo lloró: “Ofelia, por favor…” “Le ruego, señor, que no me llame Ofelia”. “Tu nombre es Ofelia”. “No. Mi nombre es Edit. Yo no soy su Ofelia, yo no soy la Ofelia de nadie”. “¡Ofelia!”, gritó: “Ofelia, sí. Se apoderaron de tu nombre y por eso te controlan. ¡Te tienen en sus garras, hija!”. El Caballero lo calmó: “Señor Monsalvo, le suplico”, dijo, “vaya por favor a atender a su esposa”. Lo dijo urgido, como si la vieja hubiera estado ya caminando por la cornisa. Se notaba que esa mujer tenía agilidad adentro de los músculos, uno no sabía cuán adentro, pero era ágil. De hecho, no eran viejos, parecían muy viejos pero tenían alrededor de 60 años, me lo había explicado el Caballero en una de las entrevistas. Ella tenía el pelo blanco, níveo, tal vez si se lo hubiera teñido aparentaría menos edad. Yo, apenas me crezca, voy a teñírmelo. Un mes lo voy a usar rojo, que ahora está de moda, y al mes siguiente rubio, y al otro color tabaco. Negro no, porque el negro después es muy difícil de quitar y una vez me contaron de una señora que se teñía de negro y la tinta le pasó adentro del cuero cabelludo, hasta el cerebro. Me voy a teñir mucho porque cuando uno tiene pelo tiene que aprovecharlo: es algo que aprendí con la experiencia de la calvicie. El bebé empezó a llorar como lo hace siempre cuando está aburrido, con el pañal sucio o con sueño, llora pero no le salen las lágrimas, es un llanto de advertencia; cuando llora con lágrimas se me parte el corazón de verlas y hago lo que sea para calmarlo, cualquier cosa. Me levanté y caminé unos pasos, acunándolo, a ver si se dormía otra vez. Se quedó mirando la sombra que hacía una planta cuyas hojas se movían. Yo digo que miraba la sombra, pero tal vez no veía nada porque era muy chiquito; según el pediatra los bebés recién tienen una vista como la de los adultos a los ocho meses de edad, esto dijo, pero después también dijo que en realidad nadie lo sabe, porque nadie está adentro de la cabeza de un bebé. Es un pediatra muy inteligente. El Caballero se levantó y vino a mi lado, me preguntó si necesitaba algo. Me pidió que no maltratara a los viejitos; que me pusiera en su lugar, ahora que yo tenía un hijo podía ponerme en su lugar y ver lo desesperados que estaban. Pero no; a mí no me iba bien poniéndome en el lugar del otro. En esa época apenas si podía con permanecer en mi propio lugar; me parecía a cada rato que estaba al borde de la hecatombe. Una hecatombe es cuando se hace un sacrificio a los dioses y mueren muchas personas o muchas vacas: busqué la palabra en el diccionario. El Caballero me preguntó en voz muy baja por qué no vino la señora Pedemonte, yo le había comunicado que tal vez viniera a la entrevista la señora Pedemonte y la señora Pedemonte no vino, ¿por qué?, ¿es que yo le había mentido? La señora Pedemonte es mi madre. Ahora vendrían las preguntas sobre ella. “No”, dije, “está con jaqueca”. No quise dar más explicaciones, no es justo que uno comente las dolencias ajenas. “Edit”, dijo el Caballero, “Edit, habías dicho que la señora Pedemonte vendría.” “Sí, pero a último momento no pudo.” Hace dos años se metió en la cama y no volvió a levantarse; no veo cómo iba a venir a esta entrevista cuando dice que no saldrá de la cama hasta el día de su muerte. Pero su madre, la que vendría a ser mi abuela, murió igual: se metió un día en la cama y no se levantó más. Yo no me voy a morir así; no me voy a entregar a ninguna fuerza del destino; además, no está en mí ese tipo de muerte. “Habías dicho…”, insistió el Caballero, “faltaste a tu palabra”. Lo negué. Niego todo porque a veces es la única manera de salir adelante, de que el otro se calle un poco y me deje con mi silencio tembloroso. Necesito del silencio, aunque esté temblando. No quería que habláramos de ella y que justo fueran a volver los viejitos. Desde que era chica me parecía raro que ella me hubiera parido a los 46 años, pero ella decía que fue un milagro de Dios. Estuvo con la teoría del milagro de Dios hasta que murió mi padre, en paz descanse. Después fue más esquiva. No quería que habláramos de mi nacimiento, había algo vergonzoso en él parecía, ella posaba de adúltera. El adulterio a mí me dejaba totalmente fría, no me importaba: mi padre tenía muy mal carácter, bien se merecía que le hubieran puesto los cuernos. “Bueno, bueno”, suspiraba y le preguntaba, “hay algo vergonzoso, sí, ¿pero yo estuve en tu panza o no estuve en tu panza?” Entonces se metió en la cama; pregunté a mis tíos y nadie quiso contestarme; cuando los parientes de uno no responden sobre el propio nacimiento es porque no son parientes de uno; mi tía Olinda, la hermana de mi madre, pareció arriesgarse y acusó a mi padre: que él nunca había querido a mi madre sino que se casó con ella porque era de buena familia y linda y sumisa, y en la Armada es importante tener una familia tipo que parezca la familia ideal, que mi padre jamás quiso aceptar que él no podía tener hijos por un problema con los espermatozoides o con lo que fuera, que estaba resentido contra mi madre porque ella había decidido aceptarme, que él era feroz. Mi tía Olinda vive como fuera de este mundo: ¿qué podía importarme a mí el resentimiento de mi padre? Mi tía Olinda es otra que acabará metiéndose en la cama un día para no levantarse jamás; son así, ellas lo llevan en la sangre. Por eso yo me inventé lo del abandono en la puerta la iglesia; porque era más romántico, y porque uno tiene que contar algo sobre el pasado de uno que lo complazca, sino todo es demasiado penoso, la realidad es muy dura de soportar. Pero mi marido no me creyó nunca; decía que era un invento mío, una fantasía propia de mentirosos. La viejita vino arrastrando los zapatos y el viejito le andaba detrás, le hablaba bajo, y ella hacía sí con el mentón, parecía un pajarito de los acantilados, estropeado. “Querida”, dijo, “yo sé cuánto debe sufrir usted. No puedo pedirle en su situación que imagine lo que es que a una madre le roben su bebé; es muy horrible aun para la imaginación. Querría, querríamos mi marido y yo, que usted accediera a practicarse las pruebas de genética… Tal vez usted tiene derecho a no querer saber ninguna cosa sobre su pasado; usted ya es una mujer adulta, sabe lo que hace. Pero como dijo antes, su presente, el suyo, es su bebé; el nuestro, querida, era usted. No tenemos otros hijos. Usted era nuestro futuro también, piense en éso; ya que el futuro no existe más, permítanos aunque sea formar parte de nuestro pasado. No nos deje en el equívoco, en el pantano de las hipótesis en las que uno cavila durante el insomnio… Todo el día, todos los días, desde que supe su nombre no hice sino preguntarme: ‘¿Será ella? ¿Será nuestra Ofelia?’ Acceda a realizarse los análisis; después, usted continúe, si puede, adelante con su vida”. Entonces llegó justo la hora de darle el pecho al bebé; no lloraba, pero ya era la hora, yo llevo el cálculo del paso del tiempo en mi cabeza. Me ajusté el pañuelo de seda amarilla bien sobre el cráneo, no fuera a corrérseme mientras atendía a Joel y se me vieran los blancos de pelo. Dicen que no hay que despertar a un bebé cuando duerme para darle de comer, porque ellos cuando están dormidos crecen. Pero no se puede crecer eternamente si están siempre dormidos, por eso lo despierto y le doy el pecho. Fue lo que hice; los tres me miraron con amargura; tal vez conocían pedagogías o métodos de crianza distintos; a mí eso no me importa: el bebé es mío y de nadie más y yo lo crío como me parece mejor. Me dirigí al baño, porque yo no le doy el pecho a mi hijo delante de cualquiera: el amamantamiento es un acto muy íntimo. Cuando entré trabé la puerta con mi bolso y un tacho de basura; no quería que la viejita me siguiera y entrara también. En realidad no me gusta que me vean con mi bebé, cómo se mueve cuando está conmigo, cómo agita sus manitos o sonríe: el lazo que nos une. A veces pienso que si pudiera desear algo todavía, desearía que él volviera a la panza; desearía que Dios nos hubiera hecho diferentes y que los bebés humanos pudieran estar dentro la panza de la madre mucho tiempo, mucho, hasta que nacieran grandes, ya adultos.
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Patricia Suárez (argentina, contemporánea)
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