El reino de los cielos



Dibujo1

Llegaron a Salidas Internacionales de Barajas con el tiempo justo, de modo que tuvieron que situarse de inmediato en la cola de Iberia, vuelo 987 a Buenos Aires. Ninguno de los tres hablaba. La noche anterior habían llegado en auto desde Francia. En realidad, ni a Asdrúbal ni a Rosa les gustaba esta partida, esta separación, pero lo habían resuelto de común acuerdo: Ignacio debía ir a Montevideo. Ahora tenía once años, estaba en Europa desde los cinco, y el riesgo era que se convirtiera en un francés. Nada contra los franceses, pero el botija era uruguayo y enviarlo ahora a Montevideo para que pasara un mes con los cuatro abuelos y se familiarizara con los tíos y primos, y también con las calles y las playas, era una maniobra cuidadosamente planificada, una idea nacida aquella tarde en que Rosa lo había sorprendido contando casi clandestinamente un, deux, trois, quatre, cinq, six, cuando hasta ese momento siempre lo había hecho en español.

Tené cuidado con esta bolsita roja dijo por fin Asdrúbal cuando todavía estaban a dos lugares del mostrador.

Aquí están el pasaporte, el pasaje, algunos dólares.

Y no te preocupes a la llegada agregó Rosa. En Ezeiza estarán los abuelos, y a lo mejor el tío Ambrosio. Vendrán especialmente desde Montevideo.

Y además dijo Asdrúbal cuando desciendas del avión una azafata te acompañará hasta dejarte con los abuelos.

Ignacio respondió con monosílabos. Una semana con el mismo estribillo. Ya que debía irse, y él no lo había pedido ni resuelto, lo mejor era arrancar de una buena vez.

Contale a los abuelos cómo vivimos, cómo es el barrio, cómo son los vecinos dijo Rosa. La escuela a la que vas, las buenas notas que tuviste este semestre. Así a los viejos se les cae la baba.

Sí, mamá.

Y a Roberto que me conteste enseguida sobre la consulta que le hago.

Sí, papá.

Mirá que aquí hace calor y allá en cambio vas a llegar en pleno invierno. Antes del descenso ponete el abrigo.

Sí, mamá.

Ya estaban junto al mostrador. No había valija a despachar. Todo lo suyo, incluidos los regalos, cabía en un bolsón de mano.

¿Viaja solo el niño?

Sí, aquí está todo.

Bueno, ya es un hombrecito.

El hombrecito enrojeció como un semáforo, tal vez porque la empleada era lindísima y además le estaba dedicando su sonrisa profesional para U.M. (Unaccompanied minor).

Ya puede ir pasando por el control. Puerta cinco. Buen viaje, Ignacio.

Ignacio se sorprendió de que aquella muchacha ya se hubiera enterado de su nombre.

La conquistaste dijo Asdrúbal. Qué flechazo, che.

Se acercaron lentamente a la entrada para pasajeros.

Casi lloriqueando, Rosa le arregló el cuello de la campera, le acomodó el bolsón grande en el hombro derecho, luego lo besó varias veces y le dio un abrazo tan apretado que el cuello se le volvió a torcer. Asdrúbal fue mucho más sobrio pero tenía los ojos brillantes. Él, en cambio, no hizo concesiones.

Asdrúbal y Rosa estuvieron atentos hasta que Ignacio pasó los controles, les hizo varias veces adiós con la mano que le quedaba libre y desapareció con los demás pasajeros en busca de la puerta cinco…

Ignacio, cuando ya no los pudo ver, dejó de hacer adiós y respiró con cierto alivio. Éste era su primer despegue.

(Red Chestnut para todos)

(Chicory para Rosa y Asdrúbal)

(Walnut, Honeysuckle, para Ignacio)

Mario Benedetti (Uruguay1920 – Uruguay 2009)

Mario Benedetti   (Uruguay1920 – Uruguay 2009)

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